No se si tambien te pasa, pero una de mis mayores dificultades en mi fe es la confianza en el plan de Dios en mi vida.

Sí: por un lado veo como algo increíble que Dios me quiera a mi, con un amor único y que tenga un plan, un sueño, para mi vida, que va más allá de todo lo que yo pueda imaginar. Y esto me fascina. Pero por otro lado, cuando las cosas no salen como había imaginado y, sobretodo, cuando había imaginado, me desespero.

Cuando le rezo a Dios espero algo, una respuesta, un cumplimiento… y muchas veces experimento aquello de: Dios tiene su tiempo, tienes que confiar.

Y durante mucho tiempo me ha costado confiar en esto. Pero para mi, quien más me ayuda en este “crecer en confianza y paciencia en el tiempo de Dios” es María. Nuestra Madre. Porque para mi, María hizo uno de los actos de espera confiada en Dios más grandes y llevados con más confianza y esperanza que se han hecho nunca.

DE LA CONFIANZA DE MARÍA

Os sitúo:
Hace unos dos mil años, en Nazaret, en una casa vemos a María, una chica sencilla. Y se le aparece un ángel para decirle que Dios la quiere y la prefiere, y conoce su corazón, y que quiere confiarle una misión, que ha soñado y trazado un plan para su vida. Quiere que de ella nazca Su hijo, Jesús. Será hijo de Dios y su reino no tendrá fin.

¡Cómo nos cambia la vida Dios! ¡Uau! Pienso que María debía amar muchísimo a Dios para darle su “Sí”. Pero mucho. Para no dudar, para poder decir este: “Hágase en mi según tu palabra”.

María se queda embarazada. Y empieza su particular camino de esperar y ver esta promesa de Dios: Infantar a su hijo. El Hijo de Dios.

Y, lo cierto es que en el Evangelio no se nos dice nada espectacular ni extraordinario de Jesús-niño o adolescente. Sabemos que Jesús se pierde cuando es niño y le encuentran al cabo de 3 días. Pero cuantos de nosotros nos perdimos de pequeños… nada extraordinario 😉
Pero ningún milagro, ninguna aparición estelar…

Y me gusta imaginar a María esperando. Esperando para ver cómo será esta manifestación de la divinidad de Jesús. Como será este momento en el que todos podrán ver al Hijo de Dios de forma clara. Imagino cómo deberían ser estos años cuidando de Jesús y preguntándose: “Y cuándo podré ver todo lo que el ángel me anunció?”. “¿Cuándo empezará a contar a la gente quién es?”

Pienso en muchas oraciones mías que me pregunto: “¿Cuándo podré ver si Dios se muestra?”. O en algunos momentos, situaciones que me cuestan entender, que me pregunto: “¿Qué sentido tiene esto?”.
Y muchas veces descubro el sentido, o lo que he aprendido, o que realmente era mucho más bueno de lo que yo veía al principio, mucho más tarde. Porque Dios tiene un plan, y un tiempo. Y solo nos pide confianza. Y espera confiada en Él.

María espera. Y confía. Y nos dice el Evangelio, que no es hasta que Jesús es adulto que ve su primer milagro.

QUIEN CONFÍA EN DIOS SIEMPRE VE MILAGROS

En Caná de Galilea, en una boda. Dónde se termina el vino para desesperación de los novios e invitados. Y María le pide a Jesús que haga algo. Y tras petición de su madre, convierte agua en vino. Su primer milagro.
¡Más de 30 años esperó María para ver a Jesús haciendo un milagro! ¡Cuanta fe la suya para esperar y confiar en la promesa de Dios en la anunciación!

Pero en María vemos esto: Quién confía y espera en Dios siempre ve milagros. Siempre ve como Dios actúa. Siempre, siempre siempre.

Quizás haya cosas en tu vida, en tu fe, que no entiendes. Es normal. Es parte del camino.

Pero, como cuando éramos pequeños y algo no nos salía, acudíamos a mamá, en nuestra relación con Dios también podemos hacer lo mismo: Acudir a María, nuestra Madre.

Muchas veces, al pensar en mi paciencia con Dios me siento muy pequeño. Y con poca fe. Y por esto le pido a María que me ayude. La miro y le rezo. Y le pido: “Madre, ayúdame a esperar en Dios, a confiar en Él y en su tiempo. A querer que Él tome las riendas de mi vida. Como tú, Madre”

María, buena Madre, ruega por nosotros.